Kintsugi de oficina
El otro día tuve esa sensación, agrietada y endeble, que se puede reconstruir como un kintsugi o puede terminar de desvanecerse. La sensación de estar todos, recalco absolutamente todos, cortados por el mismo patrón. ¿La razón? Sueños, metas, curiosidades y gustos. ¿Cuál en particular? Aunque suene minúsculo: montar una cafetería-librería. Sí, una charla entre compañeros de trabajo, de ese trabajo que nos gusta (o a veces no) y que sentimos que nos quita un poco de nuestro ser, de nuestra vida en definitiva. La charla empezó con un café de por medio para más tarde pasar al «qué caro está el café». Dónde quedan los bares de antes, los de barrio, los del vaso de cristal y un café que aparte de posos en el bonito vidrio dejaba unas inconmensurables ganas de ir al baño, al cual ibas corriendo. No hay; ahora hay cafeterías de especialidad y, pienso yo, demasiada especialidad en las cafeterías porque ahora surgen las cafetería-librerías. Suena a destello, arte, evanescencia de lo común y lo clásico para entrar en una dimensión totalmente nueva, una que no está formada.
¿Resultado? Tres de los seis integrantes soñamos o soñábamos con montar un oasis de paz, que nos arreglase el día, que nos diera lo necesario para subsistir en el infierno de precios de Madrid y que acompañase en una aventura entre lo cotidiano, el arte y la experimentación de tener tu propio negocio, es decir, la llamada libertad actual. No pude evitarlo, las siguientes tres horas me estuve preguntando qué probabilidad había de coincidir en esa grata idea. Cómo era posible aquello. Y cómo es posible que cualquier persona acuñe aquel sueño que se ve despojado de la realidad al observar la gran oferta de lo mismo. Cimentar en deseos siempre me ha parecido buena opción; si estamos aquí, en este mundo, es para soñar e intentar ver esos sueños hechos realidad, ¿si no de qué valdría estar aquí, no?
Sin embargo, yo, una persona escéptica y que duda a menudo de las casualidades, me hace reflexionar en que no es pura aleatoriedad el hecho de que todos queramos nuestra cafetería-librería. Porque no queremos ser empresarios, ni hacernos ricos, ni tampoco somos tan frikis del café como aparentamos. Tampoco leemos a menudo lo que nos gustaría por falta de tiempo o pereza y, obviamente, tampoco somos tan sociales como para trabajar de cara al público más de ocho horas, donde tengo la certeza de que podrás ver las peores caras del ser humano. No, es más bien algo filosófico, algo social que se adueña de nosotros. Inspirados por el ajetreo y el tempus fugit de nuestros mejores años, añoramos un lugar para nosotros, un lugar que nos dé calidez, placer y a la vez nos permita vivir.
No queremos miles de euros, lujos y caprichos —aunque los consumamos en demasía—, queremos tranquilidad y crecimiento personal, ambas arrebatadas entre las manos del sistema, la sociedad adulta y los sueños borrados con un trapo seco. Escapar de la realidad se ha vuelto un juego macabro y la fantasía nos deja esa migaja con la que conformarnos, con la que poder pasar un día más. Y dentro de que queremos una salida de emergencia a nuestra complicada vida, no deseamos una ferretería —con todo el amor a mis queridos ferreteros, que os amo—, queremos café y libros. Unas plantas, por supuesto, calma y una playlist que nos mantenga en un estado de perpetua paz.
Gracias a mis queridas redes sociales, al hype de los espacios tan cosy y a todo lo que tiene que ver con la modernidad disfrazada de cierta precariedad; porque ahora compartimos sueños, cafeterías y librerías que nos hacen vibrar en la misma sintonía. Nos permitimos acurrucar en el hombros cercano para, antes de volver a subir a la oficina, evidenciar que, dentro de tantas diferencias, nos parecemos en más de lo que creemos. Y somos eso: energía y materia embotellada, consistente en una fina taza de café, con la esperanza de que las grietas del paso del tiempo se recompongan, aguantando una deconstrucción que no nos haga perdernos (aún más).